Tiempos Olvidados (I): El Volcán
7 comentariosEn una antigua civilización de la que ya no se tiene memoria, un consejero anciano y casi ciego convirtió uno de los templos de la capital, que estaba en la cima de una pequeña montaña, en una gran biblioteca. Tal decisión respondía a una necesidad: almacenar todos los conocimientos de su cultura en un enorme edificio, para que perduraran a través de los siglos.
Una vez terminaron la colosal obra, la diosa a la que estaba consagrado el templo montó en cólera, y descargó su ira sin piedad contra el pueblo que había profanado su hogar. La tierra temblaba de miedo; el sol se escondió despavorido. El anciano, ante esta masacre, entró en el edificio y levantó la cabeza hacia el cielo, que se veía a través del techo derruido.
- ¡Ibhsaya! ¡Ibhsaya, yo te invoco!
Todo se detuvo. Por un segundo, el tiempo dejó de existir.
Poco a poco, el consejero notó una calidez rodeándole. La diosa le estaba observando. Y estaba enfadada.
- ¿Tú? – dijo, incrédula – ¿Cómo te atreves, inmundo mortal, a reclamar mi presencia después de lo que has hecho?
- Ibhsaya, la adorada, la que aleja los males de la mente, quiero saber la razón de tu castigo.
- Tú y tu pueblo mediocre merecéis diez veces diez castigos como éste. Me habéis menospreciado. Habéis decidido que no necesitáis mi ayuda, puesto que mi hogar, mi sagrada casa, se usa como un vulgar almacén.
- ¿Cómo puedes hablar con tanto odio, oh adorada? Ninguno de los dioses tiene ofrendas de tanto valor como éstas.
- Aquí sólo hay montones de tablillas.
- Nuestro fin está cerca. Lo dicen los sacerdotes de las estrellas. En estas tablillas te confiamos todo lo que hemos llegado a ser hasta ahora. Eres nuestra única esperanza para protegerlo, hasta que nuestros descendientes quieran recordar.
La diosa calló. Parecía meditar la propuesta del anciano. Y éste obtuvo una respuesta.
- Me halagan vuestras palabras, consejero. Te creeré, por ahora. Estos libros se quedarán en mi seno, y los protegeré esperando la vuelta de los hijos de tus hijos.
La diosa cumplió su palabra, a pesar de su arrebato inicial. A día de hoy, el templo está oculto bajo la forma de un viejo volcán ya consumido, y se ha creado una especie de tradición: cada persona que vaya allí tiene que tirar un libro a la boca del volcán. Sólo uno en su vida. Y así permanecerá en el recuerdo para siempre.