16.12.06

Viajes con pelusa: VIENA (I)

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¡¡¡AAAAAAGGG!!! ¡¡Una manada de hombres-cabra que quieren cenar Chuku a la brasa!! ¡¡¡SOCORROOO!!!!!

Pero, ¿de dónde ha salido este tío? ¿Por qué me mira con tan mala idea con tres de sus cuatro ojos, si no le he hecho nada? Y, sobre todo, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Para responder a todo esto, lo mejor será atrasar unos días el calendario (ay, los viajes en el tiempo…) y situarnos en el principio de nuestro viaje.

¡Cielos, qué descortesía! ¡Si ni siquiera me he presentado! Con tantos lectores importantes por aquí… me voy a atusar un poco… ya. Me llamo Chuku, o al menos así me bautizó en su lengua mi amiga Saricchiella cuando nos conocimos. Suelo viajar mucho, pero en los meses fríos prefiero un rinconcito cálido y que huela bien, y el neceser de viaje de esta chica me viene de perlas para hacer de residencia de invierno. Además, que me cuida bien, hombre, todo hay que decirlo.

Pero vamos al tema, que me lío y me despisto. Saricchiella me pidió una colaboración para su página, y yo, indeciso como soy por naturaleza (es una de las pegas de ser una pelusa), no supe cómo empezarla. Y en cuanto me enteré del siguiente viaje de mi amiga, se me aclararon las ideas. Por tanto, primer destino: VIENA.

Un chico, una chica, una ciudad y la única noche juntos... ains...

30.11.06

Limpieza

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Es agradable encontrar recuerdos sin buscarlos, como el monedero que llevabas al instituto (que sigue con todos los "amuletos" de entonces), una o dos fotos de la primera nochevieja que saliste, el horario de tu primer año de carrera...

Es agradable, sí, pero todo tiene un límite. En mi cuarto había recuerdos por TODAS partes (de hecho, los cuatro cajones del escritorio estaban llenos a rebosar de recuerdos y, por tanto, inutilizables). Y he decidido, al fin, que hoy era día de limpieza. A vaciar los cajones. A sacar todo lo de la estantería. Zafarrancho!!


He visto de todo. Agendas de hace años, colgantes que alguien me regaló, maquillaje (???), un grefusito naranja, una carpeta de cierto cantante de quinceañeras que no voy a revelar (sí, dentro había miles de recortes de la SuperPOP, pero también dos dibujos impresos de Gargoyles que me han hecho sentir orgullosa de mi yo del pasado)... y fotos, un montón de fotos.

No está mal que te acuerdes de tu pasado, en absoluto. Al fin y al cabo, lo que eres ahora se lo debes a lo que has sido antes, a las decisiones que has tomado ante las situaciones que has vivido. A veces, seguro, te equivocaste, pero de todo se aprende. Y en todas estas cosas estaba pensando mientras veía fotos y notitas; en que, en cierto modo, me alegraba de verlas porque eso significaba que esas épocas ya habían pasado. No porque fueran especialmente malas, sino porque sé, con total seguridad, que ésta es mucho mejor :)


Hay un tiempo que no sé muy bien cómo recordar. Desde hace unos meses ha cambiado mi forma de verlo, y es que dicen que no hay nada como distanciarse del árbol para ver el bosque entero. Y es que hay veces que estás tan dentro del problema que ni ves el árbol. O igual no tanto...

Esto es algo que escribí el 5 de julio de 2003 (una de las pocas cosas que he escrito que tienen fecha). Está en una libreta con ejercicios de escritura (tipo "y los farandulosos flamencos se esfumaron" xDDD), pero me ha llamado la atención.

Me gustaría saber si hoy es el día más feliz en la vida de alguien.
Estoy mirando las estrellas. Estoy sola. Tengo frío, no sé si será sólo por la brisa nocturna o es que no hay nadie que me abrace para entrar en calor.
A veces pienso que si hay otra persona mirando la misma estrella que tú en el mismo momento, se establece un lazo entre los dos, y sólo con quedarte mirando fijamente durante un ratito, puedes empezar a sentir una parte de lo que siente la otra persona.
Sin embargo, hoy no hay nadie mirando mi estrella. Me siento igual de sola que antes.


Cierro la libreta; la dejaré en el desván, en un rincón, con lo demás. No voy a olvidarla, pero no tiene sentido que el pasado esté ocupando tanto espacio en mi mundo cuando el presente es tan interesante (y el futuro tan prometedor ;)).

25.11.06

En el Laberinto del Fauno (y V)

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Tenemos a la niña, que usa la tiza mágica para escapar de su cuarto y llegar al del Capitán. Y tenemos al monstruo, que se cree seguro y sin rival. Este monstruo ha subestimado a Mercedes, el ama de llaves, y a Ofelia, pensando que no tienen poder suficiente como para enfrentarse a él, por la sencilla razón de que nadie lo tiene. Recuerda que, en este preciso instante, él todavía no sabe que los maquis han salvado a Mercedes y han matado a un puñado de sus oficiales; y, por supuesto, tampoco sabe que la niña está oculta en algún lugar de su habitación, esperando el momento para rescatar a su hermano.


Es muy significativo que Ofelia utilice la droga del médico para acabar con el Capitán, ya que es lo más “mágico” que puede encontrar en el mundo de los adultos. No entiende cómo, pero sabe que esa pócima puede hacerle dormir o, al menos, atontarle. Utiliza, además, una treta aprendida de su andadura fantástica, lo que nos indica que ha madurado gracias a ella: para poder llevarse a su hermano, tiene que “meter la medicina en la boca del Capitán”, como ya hiciera con las tres piedras de ámbar para vencer al Sapo.

Consigue embotarle, pero el monstruo se mantiene en pie. En su lucha por seguir consciente, ve a la niña con el bebé en brazos, delante de él… desafiante. Le vemos con dificultades para andar, como un animal herido, y en verdad lo es: acaba de enterarse de que varios de sus hombres han muerto, y hay más maquis de los que él creía acechando el molino. Pero sigue vivo, vaya que sí, y no piensa dejar que le arrebaten a su descendiente. Empieza una carrera enloquecida, entre tinieblas sólo iluminadas por las explosiones del ataque de los maquis. La fuerza física del Capitán, así como su poder, se debilitan por momentos. Y entran en el laberinto.


Aquí, la magia y la realidad se dan la mano de una forma deliciosa, en el momento en que el propio laberinto ayuda a la niña a escapar, porque incluso las paredes de piedra la reconocen como princesa, y es su deber hacer lo posible por que vuelva a su reino. Esto es lo que sucede si lo vemos desde el punto de vista de Ofelia, de manera fantástica, mientras que hay una explicación racional a este mismo hecho: el aturdimiento del Capitán por la medicina, unido a que la niña ya conocía el camino por haber ido más veces, hacen que ella llegue primero.

Dejemos al monstruo vagando por los pasillos y vamos al centro; allí nos espera un gran desenlace. El Fauno la recibe, con los brazos abiertos y la daga de oro que ella misma consiguió. Ofelia le apremia, porque la persiguen, y él dice que la única forma de entrar en el mundo de fantasía es derramando la sangre de un inocente; por tanto, el bebé tendrá que ser sacrificado.


No. Ésa es la respuesta. Ella ha crecido, y se ha dado cuenta de que su hermano no tiene a nadie más. Además, le prometió una vida mejor, lejos del odio adulto. Ahora el niño es su responsabilidad, y no va a permitir que le pase nada malo. Ni siquiera por ser de nuevo la princesa que un día fue. El Fauno se lo reprocha: ella había prometido obedecer sin rechistar. Pero, igual que el médico en su momento cumbre, la niña se rebela contra una orden indigna. Y él se retira.

El Capitán ha llegado al centro del laberinto y, sin saberlo, ha presenciado el final de la conversación. Y digo sin saberlo porque, como bien recordarás, sólo ve a la niña, con el bebé en brazos, de espaldas a él. El Fauno es invisible a sus ojos. Ofelia está sola. Y se acerca a ella, le arrebata al niño y, sin más contemplaciones, la mata.


Pero no acaba con ella. Ése ha sido el último obstáculo, el último mal trago que debía pasar para demostrar quién es realmente. Al dar la vida por su hermano ha demostrado que está preparada para ocupar su lugar como princesa, en un mundo donde al fin puede vivir en paz con sus padres y, sobre todo, con ese niño al que le prometió un día que sería príncipe.

Ignorando todo esto, el Capitán sale del laberinto con la criatura, para encontrarse con que su poder ha acabado. Intenta imitar a su padre, para que su hijo le recuerde como un héroe, pero Mercedes se encarga de darle el golpe de gracia: el niño no sabrá ni que existió. Cuando le disparan, el Capitán ya está muerto. Con ese disparo, como con el corte en la boca, nos muestran su naturaleza monstruosa. Y esta vez, además, no lo puede camuflar.


Me gustaría, como conclusión, presentarte una teoría desarrollada por Mr. Forfy y por mí.

Ofelia, con su dulzura y su fantasía, es para nosotros la inocencia, que no puede luchar contra el odio de la guerra, y muere en sus manos. Pero no está todo perdido. La esperanza, ese hermano que ha protegido con su vida, pasa a los hombres cuando el conflicto se acaba.

Como bien dice Mr. Forfy, podemos considerarlo también como el cambio a la democracia, cuando el poder pasa de manos del fascismo (el Capitán / UNO) al resto del pueblo (los maquis / TODOS). Esta idea, aunque cobra más fuerza cuanto más pienso en ella, me parece demasiado específica. Creo que no es casual que todos los maquis estén tras Mercedes cuando ella recibe al bebé, pero no veo ahí a la democracia en concreto, sino algo más general: la posibilidad de un futuro mejor. Incluso puede que el bebé, cuando crezca, recuerde algún cuento de hadas de su hermana mayor, permitiendo así a los hombres recuperar un poco de lo que ella representaba.

Todas las pistas están ahí… para el que sepa dónde mirar.



23.11.06

En el Laberinto del Fauno (IV)

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Mercedes estuvo ayudando a “los del monte” desde el principio. Muy pronto, apenas la conocemos, vemos que guarda un cuchillo en la cintura de la falda. Ahí muestra su dualidad. Es una mujer débil y sumisa, pero sólo en apariencia, porque tiene un secreto; algo peligroso, un as guardado en la manga que demuestra que no es en absoluto la mujer que aparenta ser. Y es este secreto (mujer de aspecto débil que esconde un cuchillo; sirvienta del franquismo que esconde una relación con los maquis), lo que salva su vida, en las dos ocasiones en las que ésta corre peligro. Mostrarse como en realidad es, una persona fuerte y con principios, es lo que le da la victoria frente a los que la infravaloran diciendo que es “sólo una mujer”.


Ésta es la clave para Ofelia. La única manera de vencer todo el odio que hay a su alrededor es mostrándose como en realidad es, la princesa de un mundo fantástico, frente a los que la menosprecian diciendo que es “sólo una niña”. Por eso el Fauno vuelve a aparecer, y por eso ella se aferra a él y a lo que él representa. Cuando aparece el Fauno de nuevo, ya no es la niña que desobedece por orgullo, sino que ha crecido; los momentos horribles que ha pasado le han hecho madurar. Puedes pensar que lo hizo porque era su última oportunidad de escapar, ya que creía que Mercedes había muerto en las torturas, y seguro que eso es una razón para aceptar el ofrecimiento del Fauno… pero creo que hay algo más.

El Capitán


La tercera misión es mucho más similar a las otras dos de lo que parece, pero a la vez es mucho más difícil. En este caso, como en los otros dos, tiene que superar su miedo para conseguir algo muy valioso, mágico: su hermano. Y su miedo está representado, en la primera prueba, por un sapo repugnante; en la segunda, por un ser sangriento y caníbal… y en la tercera, por el Capitán.

Es paradójico que, en una historia de monstruos fantásticos, quien nos provoca más miedo y desprecio sea un humano. Pero el Capitán Vidal ha hecho gala de tales instintos destructivos, de tal crueldad sin sentido, que nos angustia con una sola mirada. Por eso es tan irónico que invierta tanto tiempo en afeitarse, en arreglarse, en estar absolutamente impecable: porque es el ser más horrible de todos los que aparecen en la historia.


Pero como todos los poderosos, tiene un punto débil. Su orgullo le hace estar de espaldas al ama de llaves mientras elige el método de tortura. Y, a pesar de que ella no acaba con él, le hace aparecer como realmente es. Al rajarle el carrillo está haciendo visible su verdadera naturaleza. Por eso se cose la herida él mismo, mirándose al mismo espejo que cuando se afeita por la mañana: porque también está ocultando su monstruoso interior.

21.11.06

En el Laberinto del Fauno (III)

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Siguiendo el pasillo llega a la sala principal. La tentación no es oro ni joyas, sino que, en época de racionamiento, es un gran banquete. Todos los manjares que hay en la mesa están custodiados por el Hombre Pálido, que no reacciona ante la llegada de Ofelia.


A pesar de su aspecto, ella no le tiene tanto miedo como cabría esperar. Tiene la marca en su hombro, ha superado la primera prueba; es la elegida. Se siente segura en ese mundo porque puede solucionar los problemas que hay en él. Por eso, incluso se atreve a coger el platito con los ojos de debajo mismo de las narices (ehm… es un decir) del terrorífico vigilante. Pero ve los frescos de las pareces. Ve la crueldad del ser que está en la mesa con los niños, como una advertencia. Y luego, una imagen, que no por su aparente inocencia deja de ser escalofriante: un gran montón de zapatos(*).

En esta escena, el Hombre Pálido personifica un poder malvado: mientras la niña no ceda a la tentación de la comida, todo irá bien. Las pinturas son un aviso de lo que puede ocurrir si no obedece; pero, al fin y al cabo, son sólo dibujos. Es el montón de zapatos lo que realmente le da miedo. Son un símbolo de la consecuencia más fuerte del fracaso en esta prueba: su camino terminará aquí.

La confianza en sí misma se tambalea. Se acerca a las cerraduras, e intenta hacer caso de las hadas, pero se equivocan. Ella adivina cuál es la cerradura correcta, y eso la tranquiliza. Consigue la daga sin problemas, y piensa que sus temores de momentos antes no tienen ningún fundamento. Ése es su error.


Perséfone, durante su secuestro en el Inframundo, no podía comer ni beber nada, y unas semillas de granada la relegaron a las tinieblas para siempre.

Nuestra niña tropieza en la misma piedra. La culpa esta vez no es de unas semillas de granada, sino que son dos jugosas uvas las que despiertan al Hombre Pálido de su inmovilidad. La amenaza se activa en el momento en que ella se deja llevar por la confianza en sí misma, y piensa que lo tiene todo bajo control. Las consecuencias nefastas que puede tener el desobedecer en la realidad de los adultos se reflejan, en el mundo de fantasía, en esta encarnación del oscuro Saturno de Goya.


Digo que las hadas pueden representar a los tres humanos que ayudan a Ofelia por dos razones: la primera, la dirigen y ayudan en esta misión escalofriante, en que ella sabe que hay peligro, pero en un principio no lo ve de forma directa, sino por los frescos en las paredes (como en el molino, donde intuye que el Capitán es cruel por la forma de comportarse de sus habitantes, pero no porque ella le haya visto serlo); y la segunda, porque en el momento en que la niña abusa de su poder como princesa y se mete en problemas, las hadas intentan ayudarla arriesgando su vida. De hecho, mueren dos de ellas. En el mundo adulto, cuando se descubre que la niña ha colocado la mandrágora debajo de la cama de Carmen, su madre, mueren dos de las tres personas que han estado ayudando a la estabilidad de Ofelia: el médico y su madre. Ambos a manos del Capitán, quien dio órdenes estrictas de que, en caso de un parto difícil, salvaran al bebé.


El sentimiento de culpabilidad de la niña hace que merezca no ser la princesa buscada, debido a su desobediencia; esto impide que pueda seguir con la búsqueda de su reino de hadas, por lo que el Fauno está un tiempo sin aparecer. La vida en el mundo “real” se recrudece, ya que la magia, que era lo que atenuaba el dolor y el odio del entorno (simbolizada por la mandrágora) ha sido erradicada por los adultos. El desesperado intento de la niña por salir de este horror, confiando en su última esperanza (el ama de llaves del molino), resulta fallido. En este momento, ella ve que no puede escapar del todopoderoso Capitán, a menos que…


(*).- Dice Bruno Bettelheim que “los predecesores del héroe que mueren en los cuentos de hadas no son más que las encarnaciones anteriores e inmaduras del propio héroe.” (Psicoanálisis de los cuentos de hadas, p. 189). Es justo lo que parece simbolizar el montón de zapatos que la niña ve en un rincón de la gran sala del banquete.